El jardín trasero era el único lugar de la propiedad donde los Langford habían permitido una ilusión de desorden.
Setos recortados, sí. Perímetro impecable, sí. Pero dentro de esa jaula elegante, Evelyn había dejado que los rosales hicieran lo que quisieran.
Los rosales le habían tomado la palabra.
Sienna se sentó en el banco de piedra junto a la fuente y cerró los ojos tres segundos.
No era descanso.
Era calibración.
Abrió los ojos cuando oyó la puerta lateral.
Jude cruzó el jardín con las manos en los bolsillos y esa forma suya de avanzar como si ya hubiera tomado una decisión antes de llegar a una escena. Se detuvo frente al banco. Miró los rosales. Volvió a mirarla a ella.
—Diez minutos —dijo Sienna antes de que hablara.
Jude frunció apenas el ceño.
—¿Perdón?
—Llevaba diez minutos sola. Por primera vez desde que aterricé.
Él exhaló.
—Lo sé. Lo siento. Pero si espero a que haya un momento perfecto, no voy a hablar contigo nunca.
—Esa posibilidad me parece bastante subestimada.
Jude no sonrió. Pero algo en su boca reconoció la frase.
Se sentó en el otro extremo del banco, dejando entre ellos una distancia demasiado calculada para ser casual.
—Vi la pulsera —dijo.
—Todos la vimos.
—No debería estar ahí.
Sienna lo miró de costado.
—¿Ese era tu gran motivo para venir? ¿Informarme que la pulsera de mi abuela no debería estar en la muñeca de mi hermana?
Jude sostuvo su mirada.
—Vine a decirte que hay cosas que no se vieron con claridad cuando debían verse.
El agua de la fuente siguió sonando.
—Algunas de esas cosas —añadió él— tienen que ver con el divorcio.
Sienna se quedó quieta.
—Qué interesante momento para descubrirlo.
—Sienna.
—No me digas mi nombre como si eso fuera a cambiar el ritmo de esta conversación. —Su voz no subió ni un grado—. Llevas dos años con esa duda y elegiste hacer algo muy concreto con ella. Nada.
Jude apretó la mandíbula.
—Me dijeron que habías filtrado información a los competidores de Bellamy Capital. Que tú misma habías dado acceso a los documentos.
—Lo sé. Me lo dijeron a mí también. Curiosamente, sin pruebas.
—Había correos.
—Había correos que alguien quiso que existieran.
La frase cayó con el peso exacto de algo que llevaba demasiado tiempo esperando una superficie.
Jude no respondió enseguida.
Eso era nuevo.
El Jude que Sienna había amado siempre tenía una respuesta. Una lógica. Una línea limpia. Verlo callar resultaba más inquietante que cualquier defensa.
—No estaba seguro —dijo al fin.
—Lo sé.
—Pero tampoco estaba seguro de lo contrario.
Sienna soltó una risa breve, sin humor.
—Y en ese punto elegiste la salida que protegía el apellido.
Jude giró la cara hacia ella.
—Elegí mal.
—Sí.
La simpleza de la respuesta lo golpeó más que una acusación.
Sienna lo vio en el gesto mínimo de sus hombros.
—No te estoy llamando monstruo, Jude —dijo—. Eso sería más fácil. Solo digo que cuando llegó el momento de elegir entre la duda y yo, elegiste la duda.
El viento movió los rosales blancos contra el muro norte.
Jude bajó la vista a sus manos.
—Pesabas más de lo que crees.
—Entonces tendrías que haberlo sabido antes de firmar.
Silencio.
El agua siguió corriendo.
Sienna miró esas manos y tuvo una certeza tan exacta que le molestó: si estiraba los dedos y tocaba los suyos, el jardín entero dejaría de respirar.
No lo hizo.
Archivó el impulso en ese lugar frío donde guardaba todo lo que todavía podía usar en su contra.
Jude alzó la vista otra vez.
—¿Cómo fue? —preguntó—. Madrid.
Demasiado neutro.
Demasiado estudiado.
Como si hubiera ensayado durante mucho tiempo una pregunta que no tenía derecho a hacer.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien.
Jude asintió una sola vez. Fue casi peor que si hubiera insistido.
—¿Hay alguien?
La pregunta salió más directa de lo que él mismo esperaba.
Sienna no parpadeó.
—Esa pregunta no te pertenece.
—Lo sé.
—Y la hiciste igual.
—Sí.
Ella se puso de pie.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Se giró para volver a la casa, pero su voz la detuvo.
No con una pregunta.
Con su nombre.
Dicho como lo decía cuando estaban solos y él dejaba caer la arquitectura de la razón hasta quedarse solo el hombre debajo.
—Sienna.
Ella no se volvió.
—¿Qué?
—Necesito que sepas que hubo un momento, antes de firmar, en que no estaba seguro. Y elegí mal igual. —Se obligó a seguir—. No te lo digo para que me perdones. Te lo digo porque llevas dos años con mi versión de cobarde y prefiero que tengas la versión honesta.
Sienna se quedó inmóvil tres segundos exactos.
Después se giró.
Lo miró sin deseo, sin herida, sin nostalgia prestándole ventaja.
Solo los hechos.
Lo que vio no era una excusa.
Pero tampoco era mentira.
Y eso era más peligroso.
—Guárdalo —dijo por fin—. Todavía no es tu turno.
Atravesó el jardín hacia la puerta lateral.
Casi había llegado cuando esta se abrió desde dentro y Holden Pierce apareció con el traje gris de siempre y el peso tranquilo de un hombre que lleva demasiados secretos familiares encima como para impresionarse ya por uno más.
—Señorita Langford. Señor Bellamy. La familia está siendo convocada al salón principal. La señora Evelyn dejó instrucciones para que la lectura del testamento se realizara esta misma noche.
El jardín quedó inmóvil.
Sienna sintió algo ajustarse dentro de ella con un clic preciso.
Evelyn siempre había sabido elegir el momento exacto para cada cosa.
Esta noche, la guerra dejaba de ser doméstica.
Esta noche se volvía oficial.